Compositor
austriaco. Franz Joseph Haydn manifestó en una ocasión al padre de Mozart,
Leopold, que su hijo era «el más grande compositor que conozco, en persona o de
nombre». El otro gran representante de la trinidad clásica vienesa, Beethoven,
también confesaba su veneración por la figura del músico salzburgués, mientras
que el escritor y músico E. T. A. Hoffmann consideraba a Mozart, junto a
Beethoven, el gran precedente del romanticismo, uno de los pocos que había
sabido expresar en sus obras aquello que las palabras son incapaces de insinuar
siquiera.
Son
elogios elocuentes acerca del reconocimiento de que gozó Mozart ya en su época,
y que su misteriosa muerte, envuelta en un halo de leyenda romántica, no ha
hecho sino incrementar. Genio absoluto e irrepetible, autor de una música que
aún hoy conserva intacta toda su frescura y su capacidad para sorprender y
emocionar, Mozart ocupa uno de los lugares más altos del panteón de la música.
Hijo
del violinista y compositor Leopold Mozart, Wolfgang Amadeus fue un niño
prodigio que a los cuatro años ya era capaz de interpretar al clave melodías
sencillas y de componer pequeñas piezas. Junto a su hermana Nannerl, cinco años
mayor que él y también intérprete de talento, su padre lo llevó de corte en
corte y de ciudad en ciudad para que sorprendiera a los auditorios con sus
extraordinarias dotes. Munich, Viena, Frankfurt, París y Londres fueron algunas
de las capitales en las que dejó constancia de su talento antes de cumplir los
diez años.
No
por ello descuidó Leopold la formación de su hijo: ésta proseguía con los
mejores maestros de la época, como Johann Christian Bach, el menor de los hijos
del gran Johann Sebastian, en Londres, o el padre Martini en Bolonia. Es la
época de las primeras sinfonías y óperas de Mozart, escritas en el estilo
galante de moda, poco personales, pero que nada tienen que envidiar a las de
otros maestros consagrados.
Todos
sus viajes acababan siempre en Salzburgo, donde los Mozart servían como
maestros de capilla y conciertos de la corte arzobispal. Espoleado por su
creciente éxito, sobre todo a partir de la acogida dispensada a su ópera
Idomeneo, Mozart decidió abandonar en 1781 esa situación de servidumbre para
intentar subsistir por sus propios medios, como compositor independiente, sin
más armas que su inmenso talento y su música. Fracasó, en el empeño, pero su
ejemplo señaló el camino a seguir a músicos posteriores, a la par también de
los cambios sociales introducidos por la Revolución Francesa; Beethoven o Schubert,
por citar sólo dos ejemplos, ya no entrarían nunca al servicio de un mecenas o
un patrón.
Tras
afincarse en Viena, la carrera de Mozart entró en su período de madurez. Las
distintas corrientes de su tiempo quedan sintetizadas en un todo homogéneo, que
si por algo se caracteriza es por su aparente tono ligero y simple, apariencia
que oculta un profundo conocimiento del alma humana. Las obras maestras se
sucedieron: en el terreno escénico surgieron los singspieler El rapto del
serrallo y La flauta mágica, partitura con la que sentó los cimientos de la
futura ópera alemana, y las tres óperas bufas con libreto de Lorenzo Da Ponte
Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Così fan tutte, en las que superó las
convenciones del género.
No
hay que olvidar la producción sinfónica de Mozart, en especial sus tres últimas
sinfonías, en las que anticipó algunas de las características del estilo de
Beethoven, ni sus siete últimos conciertos para piano y orquesta. O sus
cuartetos de cuerda, sus sonatas para piano o el inconcluso Réquiem. Todas sus
obras de madurez son expresión de un mismo milagro. Su temprana muerte
constituyó, sin duda, una de las pérdidas más dolorosas de la historia de la
música.
Podrá escuchar lo mejor de Mozart en el siguiente video: